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CON SU SILLA Y A LO LOCO...

Ella no supo en realidad en qué comparsa salía. Le envolví la cabeza sangrante con una toalla y marchamos veloces ya de noche en su silla de ruedas. Con su turbante blanco parecíamos una comparsa más del animado carnaval donostiarra, pero en realidad no buscábamos jolgorio, sino una gruesa gasa y unas manos hábiles que detuvieran su hemorragia en la cabeza.

No se quejó ni cuando le pusieron unas grapas. En el lecho parecía una santa y con sus ojos claros, con su verbo balbuceante que ya no consigue redondear, enamoró a los jóvenes galenos que se le acercaron.

A veces me tomaba su mano temblorosa y era ella la que me animaba. En esos momentos daba infinitas gracias a Dios por haber brotado del vientre ahora ya marchito de esa anciana. No sé si debimos precipitar la partida, marcharnos raudos en la ambulancia sin sirena. Hay sufrimientos silentes que allí por donde pasan, van abriendo corazones.

Quizás no se cayó al faltarle una vez más el equilibrio. Quizás sencillamente se desplomó en su anciana gravedad para medir mi templanza, mi compostura en un escenario sin chirigota, en medio de los pasillos blancos, entre las almas pesarosas del gran complejo hospitalario.

Artaza 16 de Febrero de 2024

 
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